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La leyenda de la Calle de las 3 Cruces

En el año de 1763 vivía el señor Don Diego de Gallinar, un hombre respetado que acogió a su sobrina Beatriz Moncada, huérfana de padres, en su casa. Beatriz, hermosa y de espíritu libre, cautivó a un joven indígena llamado Gabriel, quien le cantaba cada noche desde la calle. Pero Don Diego, decidido a casar a su hija con su propio hijo, lo vio como una afrenta. La confrontación estalló, sangre tiñó la calle, y los tres cuerpos quedaron tendidos donde hoy se alzan las tres cruces pintadas en la piedra.

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Esa calle, por donde aún caminan turistas, no sólo es tránsito de pasos: es testigo de un amor prohibido, de una promesa rota y de un pacto con la muerte. La leyenda dice que al caer la noche, el viento acaricia los balcones y parece traer consigo el eco de un violín que toca en la penumbra.
Y entonces vemos que las tres cruces no marcan sólo el fin, sino también la memoria: de que el corazón que ama sin permiso marchita sus hojas al sol, y que cada piedra puede contener un grito, cada calle una herida antigua.

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